Presentado por el aspirante a idiota Juan Pérez García
DISCURSO
Es para mí un honor, un privilegio y una ligera sorpresa dirigirme a las personas que pertenecéis a la Academia Estúpida de las Artes y las Letras, . No porque no crea en mi propia e inexplicable grandeza —que la creo profundamente, incluso cuando nadie más lo hace—, sino porque sinceramente pensé que llegar tarde a todo, confundirme de plazos y presentarme con una carpeta llena de dibujos de patos con sombreros de ala ancha me habría descalificado automáticamente.
Pero aquí estoy. Y eso dice más de la Academia que de mí. Y lo digo desde el cariño.
Desde mis primeros pasos —literalmente, mis primeros pasos, que fueron torpes, vacilantes y con tendencia a la caída— comprendí que mi destino no era la rectitud, la lógica o la sensatez. No. Yo estaba llamado a cosas mayores: a perseguir mariposas y a preguntar “¿y si…?” en los peores momentos posibles, y a responder “sí, sí, claro” mientras no entendía absolutamente nada, ni visos de que así fuera.
He dedicado mi vida a la contemplación profunda de lo intrascendente. He defendido conversaciones de una hora sobre si los helados saben distinto en invierno. He debatido con pasión política sobre cuál es el mejor banco para sentarse en la calle. Y he llegado a la gloriosa conclusión de que la estupidez no es ignorancia. Aunque no estoy seguro.
No, queridos miembros, la estupidez es un arte. Una entrega total. Un compromiso con lo inútil, lo gratuito, lo absurdo, lo innecesario y lo profundamente humano. La estupidez es aquello que nos recuerda que pensar demasiado puede ser peligroso, pero pensar muy poco puede ser liberador. Sobre todo para familiares, vecinos y amigos.
Por eso hoy, ante la más ilustre de las juntas, me comprometo solemnemente a defender la duda existencial y permanente en situaciones serias, a reivindicar el derecho universal a no saber qué estamos haciendo, pero sobre todo, a mantener viva la llama del desconcierto creativo.
Que nunca nos falte un motivo para decir: “¿Pero qué estamos haciendo?” y responder con orgullo: “No lo sé, pero mira qué bonito queda”. Que siempre haya un hueco para manifestar que el arte no es pasar frio y aceptar que nadie se ria.
Gracias por aceptarme, o por equivocaros al firmar.
En ambos casos, ha sido un éxito.
Muchas gracias.
Juan.
CURRÍCULUM
Definirse uno mismo es una tarea tan antigua como difícil. Uno compone relatos, descompone gestos, intenta atrapar algo parecido a la verdad íntima, y aun así, siempre se desliza algo entre los dedos.
Pero aquí estoy, tratando de nombrarme, sin solemnidad innecesaria, pero sin miedo a la hondura. Soy lo que fui, y también lo que voy construyendo con paciencia, con silencios fértiles y algunas revelaciones que llegan de improviso, como la luz de la tarde entrando en línea recta por una ventana y encendiendo un recuerdo.
He aprendido a mirar. Y eso no es poca cosa. La fotografía, que es mi lenguaje más fiel, me sostiene en una atención que intenta comprender el mundo a través de la luz. Observo paisajes, rostros, gestos fugaces. Busco lo que permanece, incluso cuando nada parece durar. Fotografío para recordar, para sentir, para dejar constancia de lo vivo y, por tanto, de lo mortal.
También la música me habita. La guitarra española es mi lugar de respiración, donde los días encuentran forma sonora. Las manos conocen caminos que la palabra no alcanza. Es una única la verdad de la vibración que atraviesa la madera y se instala en el pecho. Un entendimiento antiguo, previo a cualquier discurso. Origen de silencios siempre bienvenidos.
Dibujo cuando necesito regresar al gesto primario. Un trazo puede ser un reflejo de lo que sucede dentro, una manera de ordenar el caos o de permitirle desplegarse sin juicio. Y cuando busco refugio, lo encuentro en los libros: poesía que enciende, novelas que acompañan o descolocan, relatos históricos que nos explican lo que hemos sido y lo que aún podríamos ser. Leer es escuchar voces invisibles que, sin embargo, sostienen.
Me definen también los caminos que recorro lejos del ruido. Me gusta salir a la naturaleza, dejar que la tierra y el cielo hagan su trabajo conmigo. Senderos que parecen no conducir a ninguna parte, y la sensación de que, a veces, el lugar al que uno debe llegar es el mismo desde el que partió.
No ando en busca de grandezas, sino de verdad compartida. Me gusta escuchar, comprender el silencio de otros, aquello que no saben decir pero pesa. El proceso creativo también es una manera de dar cobijo a esas voces, de ofrecerles un espacio donde reposar. Odio a los propagadores de odio, y a quienes sustentan sus vidas en la crítica ajena y en la violencia.
Llego hasta aquí sin prisa, con la voluntad de habitar cada día con presencia, con un humor suave, con afecto sincero por la belleza mínima. Sin artificio, pero con reverencia. Y si esta Noble Academia abre su puerta, yo entro. Con la cámara al hombro, la guitarra en la mano, un libro en la mochila y una mirada que desea ofrecer, siempre, una forma de ver el mundo.
Gracias.