Jesús Alonso
Catedrático
Discurso de ingreso en la Academia Estúpida de las Artes y las Letras

Presentado por el aspirante a idiota Jesús Alonso

DISCURSO

El 20 de abril de 1934, 30 años menos 85 días después de la muerte de Chejov, un rayo descarga sobre mi abuelo cuando iba a regar el huerto de la Sirinduela. Desde ese momento empieza a hablar en ruso. Y ya nunca más dejará de hacerlo. Al principio, todos creen que el rayo lo ha enajenado. Es un año y pico después, con la llegada al pueblo de unos enviados del Partido Comunista de la Unión Soviética invitados por el recién creado partido comunista local, cuando se descubre que aquellos sonidos que mi abuelo emite desde la caída del rayo conforman un idioma, que mi abuelo se expresa con sorprendente frescura y fluidez en la gloriosa lengua rusa. 

Era conmovedor ver a mi abuelo, un hombre sin estudios que nunca había bebido alcohol tomando vodka y hablando el idioma de Chejov, Turgeniev o Tolstoi hasta altas horas de la madrugada con los representantes de la ahora extinta Unión Soviética. Unas semanas después, cuando los rusos marchan, mi abuelo sigue siendo un incomprendido, pero al menos ya todos en el pueblo saben que no es un loco sino un tipo que por un extraño suceso ha aprendido el idioma y buena parte de la cultura rusa. 

De sopetón también, como otro rayo, pero mucho peor, llega la guerra al pueblo y otro 20 de abril, este de 1837 unos falangistas fusilan, por rusófilo, a mi abuelo. A pesar del acendrado catolicismo que había demostrado hasta la caída del rayo le es negada la sepultura en sagrado y acaba enterrado en una gentil cuneta junto a otros campesinos que nunca tuvieron la suerte ni la desgracia de hablar en ruso ni de sufrir la caída de ningún otro rayo más que el de la ira fratricida. 

Otro 20 de abril, este de 1941, cayó un rayo, otro, sobre mi abuela cuando iba en burro al huerto de la Sirinduela. Fue aquel un rayo más convencional que el que enrusó a mi abuelo porque  solo hizo lo que se espera de un rayo, es decir dejar calcinados los cuerpos de abuela y burro. Hasta tal punto fueron aquellas dos criaturas convertidas en cenizas que se hizo imposible separar sus restos y la amalgama resultante fue enterrada, después de algunas discusiones teológicas, también fuera de las tapias del cementerio católico: una resolución del obispado, tras consulta a Roma, decidió que era más católico que una cristiana fuese enterrada en gentil que un burro yaciera en sagrado. 

Otro 20 de abril, éste mucho más cercano, en 1960, mi padre y mi madre, recién embarazada viajan a la Unión Soviética como homenaje a mi extinto abuelo. Seis días después de llegar, el 26 de abril, revienta, por primera vez, la central nuclear de Chernóbil. Ocho meses después nací yo, provisto de dos cabezas. Pronto mis observadores se dieron cuenta de que mi cabeza izquierda era más creativa y estaba mejor dotada para las matemáticas, la música y el aprendizaje de idiomas que la derecha, poco dotada en general, aunque más hermosa. Se supone que por estar exenta de cualquier tipo de preocupación.

Al poco tiempo, la presión mediática, la clase política, la iglesia y los insultos de mis compañeros de colegio me convencen de que lo mejor es extirpar una de las dos cabezas. Decido que sea la derecha. No sé si fue confusión de los cirujanos o que no supe explicar cuál debía ser considerada la izquierda y cuál la derecha, si mirando desde mi punto de vista o desde el de los médicos, pero el caso es que extirpan mi hasta entonces bien asentada cabeza izquierda: Un 26 de abril es enterrada en sagrado, con tan grandes rituales funerarios que hubieran sido la envidia de mi abuelo y de mi abuela si ambos hubieran sido capaces de levantar las suyas. Desde entonces vivo y pienso con mi cabeza derecha y esa es la causa de que ahora esté escribiendo estas historias, que sin duda hubieran sido más interesantes de ser escritas por mi cabeza izquierda. Pero, en fin, esto es lo que hay. 

Dese todo por bueno, rayos y viajes frustrados al huerto de la Sirinduela, si el hecho me lleva a ingresar en La Academia Estúpida de las Artes y las letras.

BIOGRAFÍA

Desde que conocí la obra de Joan Brossa me puse de vísperas. Y ese acontecimiento pensamiento me bastó durante mucho tiempo para dejar el mañana para mañana (también el escribir). ¿Hay mejor forma de vivir el presente que estando siempre en vísperas de Brossa?

Conseguí que nadie notará que fui un niño superdotado. Y, además, en Salamanca. Luego, he dedicado mucho tiempo a retrasar el momento de convertirme en un viejo prodigio. Esto ya en Madrid.

Un día me di cuenta de que hacer poemas visuales y performances es otra forma de escribir.

Soy poeta visual y performer por contagio. El constante tropiezo con los objetos y el frecuente trato por motivos laborales (trabajo de redactor de la 2 de RTVE) con otros poetas visuales y performáticos, sin tener la precaución de guardar la adecuada distancia profiláctica, acabaron por inocularme el virus.

Ahora vivo siempre de vísperas de un poema que espero.

Se hacen siestas a domicilio es una de los proyectos de acciones que estoy poniendo en marcha. No hace falta explicarlo. Ofrezco el servicio a particulares e instituciones,

Se hacen siestas a domicilio es también el título de un librín que escribí y que publicó LUPI, un catálogo de acciones poéticas, algunas psicológicas.

He donado mi cuerpo a las letras.